Es muy valiente arriesgar y tratar de romper las convenciones de un género; en este caso, de la novela negra. Es muy valiente, digo, cambiar al detective malhablado, bebedor, viril y con buen aguante recibiendo hostias como camiones cisterna por uno debilucho, cortés con las mujeres y desacostumbrado a los tragos largos de licores fuertes. Es muy valiente revolucionar el argumento y no tomar el camino del giro inesperado y el liar la badana hasta que no sepamos qué está ocurriendo. Es muy valiente o, mejor dicho, sería, porque en este caso Philip Kerr evita las carreteras secundarias y se mete directo en la novela negra más clásica, siguiendo la estela del Chandler de Marlowe y creando su propio detective atormentado y marrullero, Bernhard Gunther, al que le encargan un caso que se va complicando hasta implicar, estando como está ambientada la novela en el Berlín olímpico de 1936, a peces gordos del Tercer Reich. Es muy valiente arriesgar pero arriesgar implica un alto porcentaje de posibilidades de que nos salga el tiro por la culata; Kerr supo que no era necesario arriesgar y eso dio lugar a una novela negra más que competente que ofrece todo lo que se espera del género. Y sin racanear.
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