Cuando eres comprador habitual de algo, con contadísimas excepciones, llega un momento en el que el qué compras (me refiero al contenido) y el qué compras (el continente; he usado dos veces qué en cursiva, me siento tan gilipgenial) se equiparan y llegas a pensar, con la consiguiente ducha entre lágrimas y gritos de me siento sucia, me siento una puta sucia, que mejor leer Ken Follet en una bonita edición que Góngora en una fea; y pongo Góngora porque sé que más de uno dirá que Góngora ni en fea ni en bonita y porque sé que son dos ejemplos extremos: Ken Follet en la vida, ni en bonito ni en feo ni con una negra abanicándote, amén.
Austral es una de las colecciones que son un error de principio a fin. Por ejemplo: las portadas; ¿alguien compraría Zalacaín el aventurero si lo primero que ves es ese horror de portada? ¿Alguien besaría a una chica si lo primero que te transmite al verla es «hola: nuestro sexo será una experiencia aburrida, mediocre y sosa, tal como puedes ver reflejado en mi cara»? (¿Alguien compraría Zalacaín el aventurero de cualquier modo?, mal ejemplo.) También, por ejemplo: la tipografía. Fea e incómoda, e impresa sobre un papel muy desagradable de palpar, de oler, de sentir, de lamer. Demasiado grueso para liarse un cigarrillo o limpiarse el culo, el papel resulta coherente, sin embargo, con la tipografía tan fea y pesada de leer. Por último: el peso. Aunque dan la impresión de ser robustos a juzgar por su volumen, cuando los tocas es como si fueran la caja vacía de un Big Mac; hasta el peso es incorrecto en Austral, esa colección terrible de la que siempre tenemos un ejemplar rondando por casa, en el rincón más inesperado, listo para tentarte en los momentos más débiles del aburrimiento: imposible no empezar a leer y dejarlo a las 10 páginas por culpa de lo desagradable que es su edición.
