Me cago en mis muelas (III, y último)

Así que me desperté en la camilla junto al señor cagón y al otro amable caballero y a uno nuevo que estaba cruzado en la habitación, de mala manera y entorpeciendo la fluidez del tráfico de camillas, y oiga, JÓDASE porque si alguien tenía que estar cruzado desde luego yo prefería no serlo, así que aún atontado sonreí por no ser yo el rarito que estaba con la cama cruzada. Me levanté con la sana y única intención de ir al baño, y aunque no recuerdo muy bien estos momentos de incertidumbre (los que están entre mi entrada triunfal en el quirófano como VICTORCITO, EL NIÑO CON MUELAS DE JUICIO y mi salida no menos triunfal, entre humo y música a lo Lluvia de Estrellas, como VÍCTOR, EL NIÑO SIN MUELAS Y CON UN BRILLANTE FUTURO POR DELANTE) creo recordarme a mí mismo dando tumbos por la habitación, a mi abuelo riéndose, a mi madre diciendo que a dónde voy, que estoy atontado aún por el chute del anestesista.

Y tan pronto como llegué al hospital (diría que lo recuerdo con cariño, que se estaba convirtiendo en mi segundo hogar, que hice grandes amigos allí, pero todo eso sería puta mentira: lo recuerdo con mucho asco, me sentía en la camilla como si estuviera sentado sobre dildos amenazantemente apuntados hacia mi ano, no crucé ni media palabra con ninguna de las personas que pasaron por mi habitación, excepto con mis padres) me fui. Entre que la doctora me dijo que todo guay, que me iba en unas horas y el momento concreto de poner los pies en la calle y respirar el polvoriento aire del exterior, a escasos metros de unas edificaciones que estaban haciendo el ambiente mortífero, no pasó más de hora y media, dos, quizá, pero fueron de ese tipo de minutos que se arrastran como serpientes haciendo la digestión, minutos que se deslizan penosamente y que hacen que el tiempo pase demasiado lento: como las horas anteriores a salir de viaje o las que hay entre el momento en el que te preparas para una cita y la cita en sí. Adiós, hospital.

Adiós, hospital.
Adiós, hospital, ya me voy.
(Giro la cabeza, camino mientras muevo mi mano en señal de despedida, mirando a la ambulancia de la que sacan una camilla cubierta por un plástico; poco después habría de enterarme de que en esa camilla iba un conocido vagabundo de la ciudad, célebre entre todo el mundo por los graciosos insultos que profería a cualquiera que pasara por su rincón de la urbe. Entró ya muerto. Un tiroteo. Lo cosieron a balazos.)

Adiós, hospital.

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