Si las aventuras del octogenario maldito con los pañales y los sueros no eran suficientes, para colmo el segundo día me avisaron de una circunstancia especial que acabó por no hacerme ninguna gracia: a partir del desayuno no podría comer nada en todo el día. A las 7 de la mañana empezó la actividad frenética del hospital: cambiar ropa de cama, dar pastillas, cambiar sueros, retirar pañales sucios. Como ya había terminado Ubik, me puse con las Metamorfosis de Ovidio por pura pose, por ser el paciente que lee a Ovidio, como cuando vas con unos Crockett & Jones a la boda de tu primo sólo para que la novia se fije más en ti. El desayuno fue una de las peores experiencias de mi vida: café de sobre (descafeinado, para más inri) con leche, un bollo de pan que seguramente fuera del día anterior por la mañana y una mantequilla bastante/muy mala. Con eso tenía que aguantar un día entero, y los que vinieran porque con la boca llena de puntos comer no es el mayor de los placeres.
Leyendo a Ovidio se me pasó la mañana entera, y al mediodía una enfermera me avisó de que, después de ducharme, debería ponerme uno de esos camisones tan graciosos por los que asoma el culete. Juré y perjuré que eso haría, y que a eso de las cinco (la hora prevista de la operación) estaría limpito y con la ropa de fiesta puesta. Seguí entre la lectura y el puro pánico (Ovidio no es lo mejor para leer en el hospital, con ese tufillo constante a caca concentrada en un pañal y a señor mayor en general, ese olor como de piel curtida) hasta que a las tres y media, yo aún despatarrado en la cama sin hacer nada, una enfermera me dijo que íbamos a quirófano. ¡Maldición! ¡Demonios! ¡Y yo con estos pelos! Me cambié de ropa rápidamente en el (miserable, todo sea dicho de paso) baño de la habitación, me tumbé en la cama, me tragué el tranquilizante que me ofreció la enfermera y me dejé llevar por ella.
—¿Las muelas del juicio, no? —preguntó. Esta pregunta me la hicieron muchas veces muchas enfermeras distintas.
—Así es.
—Yo tengo una pero está muy escondida, hasta que no me dé problemas prefiero dejarla donde esté, que no dé guerra…
Ok, pero no me interesa, señora, soy yo el que está a punto de enfrentarse a la anestesia general, pensé. Una vez colocado en una habitación llena de camillas vacías (una imagen tan potente como escalofriante), no tuve más remedio que esperar tendido en la cama. Dentro de una habitación se escuchaba a un médico gritar, parecía bastante preocupado. No me daba ninguna seguridad. El Orfidal wannabe que me dieron no estaba haciendo ningún efecto, pero por fin llegó el anestesista y me dijo:
—¿Nervioso?
Pues claro que no, soy un machote. Me hizo unas cuantas preguntas.
—¿Tomas alguna sustancia que pueda interferir con la anestesia? ¿Heroína? ¿Cocaína? ¿Cannabis?
Voy a tope, señor, siempre a tope con las drogas, pensé, pero le dije que no, que estaba limpio. Finalmente me hizo cambiarme de camilla y me arrastró hacia otra habitación, donde un montón de enfermeras hablaban animosamente. Que si ellas aún no habían estado en neurocirugía, que si una se puso muy nerviosa y se echó a llorar, hasta que una me dijo:
—Tenemos que cortar ese bigote, ¿eh?
Con una voz desagradable a muchos niveles. Intenté responder de la forma más afable posible y le dije que hiciera lo que fuera necesario para que acabara ese drama. Ella dijo entonces:
—Ten cuidado con lo que dices, que estás entre mujeres.
¡Qué bien, otra excusa para hacer un chiste sobre felaciones! Sea como fuere, me hicieron cambiar de camilla de nuevo, y estando como estaba con las partes púdicas tapadas únicamente por un pedazo de tela que insistía en tapar de todo menos mi entrepierna, no pude evitar revolverme como un gato herido entre camilla y camilla, con el consiguiente bailoteo de genitales y la incómoda situación de que una enfermera de 50 años tuviera su cara a tan poca distancia de mis pudores desnudos. Por fin (aunque no sin antes cambiar de camilla por tercera vez) estuve en la sala de operaciones, donde una chica que recuerdo bastante guapa me clavó una aguja en la mano: era la anestesia. La chica podía ser guapa o por el contrario no, o incluso un hombre, porque a partir de ese momento llegó la parte buena: recuerdo que el anestesista me preguntó:
—¿Notas algo?
Y yo le dije que estaba un poco atontado.
