Aunque me he visto tentado en un primer momento por echar la culpa a mis muelas de la falta de actualizaciones de este miserable blog, en el último momento me he dado cuenta del sinsentido que ello sería y me he echado atrás. Si no actualizo es porque no quiero. Pensé una vez en hablar sobre Jackass, que me parece la hostia, y también pensé en hablar sobre ediciones de libros bonitas, y también feas, y quizá lo haga; nunca es tarde si la dicha es buena. Sea como sea, mis muelas han sido el centro de mi mundo los tres últimos días y creo que merecen un homenaje, un texto por corto y lamentable que sea, algo para que no caigan en el más terrible de los olvidos. Así que voy a poner por escrito, para que conste en acta, este pequeño paseo por el abismo que han sido los tres últimos días, esta odisea que ha sido sacarse las muelas del juicio.
El martes me ingresaron para ir preparándome para la anestesia. Como soy un puro macho y quise sacarme las cuatro muelas al mismo tiempo, la anestesia tuvo que ser general. Realmente me habría dado lo mismo sacármelas de dos en dos, o de una en una, con anestesia local, pero quería tener la experiencia de la general. Avanzo que fue la hostia. Sea como fuere, ya al llegar mi madre me empezó a poner de los nervios diciéndome que cabía la posibilidad de que me cruzaran en una habitación, esto es: que en vez de estar tres en la habitación, cada uno en su respectiva cama, fuera yo el intruso que está en la habitación como cuarto paciente, metido malamente y estorbando a todo el mundo. Logré calmarme y me acredité como convaleciente™, tras lo cual una amabilísima enfermera me pidió que la siguiera hasta la habitación. Por el camino, y para Dios sabe qué —romper el hielo, tranquilizarme, hacer conversación para matar el tiempo—, me dijo la enfermera:
—¿Te quitan las muelas del juicio, no?
—Sí —respondí, con la intención de cortar por lo sano con esa conversación que a ningún sitio iba a llevar.
—Pues mañana hay otras tres personas para lo mismo, todas de tu edad. Hay una chica —añadió.
—¡Qué bien! Quizá me la pueda chupar antes de la operación y así no me tenéis que dar ningún tranqulizante —dije. Miento, no lo dije, pero lo pensé. Finalmente llegamos a la habitación, y respiré a gusto al ver que no era un cruzado, sino un paciente normal en su cama. Aunque me horrorizó un poco la idea de compartir habitación con un señor a todas luces moribundo (89 años, casi no podía hablar, no podía comer ni caminar), decidí tomármelo con calma y dedicarme a la lectura de Philip K. Dick. Tras ponerme el pijamita que me dieron, bendije a la Seguridad Social por darme una cama en la que reposar y me tumbé plácidamente a leer. Terminé el libro y llegó la hora de la cena como quien no quiere la cosa; en ese tiempo, el tercer paciente de la habitación llegó (un hombre con algún problema de garganta que leía una Historia Ilustrada de España de Fernando García de Cortázar) y el señor moribundo intentó salirse de la cama varias veces, intentos todos ellos boicoteados con habilidad por sus familiares, que lógicamente no querían que el señor se estampara contra el suelo.
Después de la cena (bastante pésima), una enfermera vino con un vasito de plástico que contenía, por fin, las pastillas: un tranquilizante y dos píldoras de ranitidina, un inhibidor de la producción de ácido estomacal. El tranquilizante bendito no me hizo absolutamente nada, así que al final terminé durmiéndome de puro aburrimiento tras un par de intentos de fuga del anciano (en uno de ellos incluso se arrancó una vía, con la correspondiente sangría). Lo único que puedo recordar con claridad de ese soporífero día es el final de Ubik y el contenido pero insistente y desagradable olor a mierda que había en la habitación: el vejete se había cagado en los pañales. Buenas noches.
