Que te regalen un libro es algo magnífico, una sensación fabulosa y un hito vital indudable; ese libro lo recordarás por siempre, y lo que de él extraigas se te quedará grabado a fuego en la memoria. Que te recomienden un libro es un poco como que te lo regalen: te lo hacen llegar, sólo que tú lo pagas y la sorpresa se mantiene, como mucho, desde la estantería hasta la caja. Que te recomienden La paloma, de Patrick Süskind, es parecido a un regalo. Que te recomienden la autobiografía de Casanova es una putada, porque es muy cara.
Sea como fuere, el otro día estaba en La Central de la barcelonesa calle Mallorca y un señor me confundió con un empleado de la librería. Tras haber resuelto este entuerto, el señor me explicó varias cosas: 1) que había muchos libros y poco tiempo para leerlos; 2) que llevaba veinte años jubilado, tras otros treinta de enseñanza de Filosofía en un instituto de la ciudad; 3) que había sido campeón juvenil de tenis de Cataluña, y que había que cuidar el cuerpo además de la mente; 4) que Hegel le había robado demasiado tiempo; 5) y que un señor llamado Patrick Süskind había escrito algunos libros fabulosos, grandes libros del siglo XX y que, además, son breves, punto que consideró importante, como ya lo hizo en su momento Calvino en sus propuestas para el próximo milenio, éste en el que ya estamos metidos hasta las rodillas.

Rue de la Planche, París.
Y este sorprendente nuevo amigo me buscó un librito llamado La paloma. Y me dijo: esta es la gran literatura del siglo XX, y encima es una novela corta; y yo pensando: ¿pero este alemán no es el que escribió El perfume? De cualquier forma lo compré y lo devoré en muy poco tiempo: en efecto, La paloma es una grandísima novela, una novela fabulosa a la que se bastan 90 páginas para contarnos, sin rodeos y sin paja, la peculiar historia de Jonathan Noel, un hombre que, obsesionado por el orden y la monotonía, ve cómo su vida da un giro radical hacia el caos sin que él pueda hacer nada para controlarlo por la repentina aparición de una paloma que, desde el suelo del pasillo, le mira cuando una mañana sale de la chambre de bonne en la que vive en la rue de la Planche en París, dispuesto a comenzar su rutina diaria.
La pericia y gracia con la que Süskind dibuja al personaje de Jonathan, sus neuras y sus manías y sus infinitos miedos hacen que La paloma sea una lectura deliciosa, brevísima e intensa, de la que salimos con la sensación de que la fascinación que nos envuelve al comenzar el texto no ha sido casual, sino que Süskind ha creado un artefacto en el que todas las piezas pasan de encajar perfectamente a desviarse poco a poco por ese fallo en el mecanismo que representa la paloma, que llena de excrementos las piezas y hace que la máquina Jonathan deje de funcionar correctamente, para horror y pánico de ese «gnomo arrugado y minúsculo dentro de la estructura gigantesca de un cuerpo extraño» que la mueve; ese gnomo es el alma.
