Nada más lejos de mi intención que desmerecer el fabuloso libro sobre Borges de Alan Pauls (porque realmente es valiente y meritorio: meter en 150 páginas las claves de Borges, ese hombre que escribió un cuento llamado «El Aleph» y que trata sobre él, Borges, encontrándose a sí mismo en el sótano de una casa; ese hombre que parece imposible encarcelar en un libro, a pesar de todo, porque siempre se parece que se escapa, que escribió un texto llamado «La biblioteca de Babel», un mal considerado cuento: seguramente sea más bien una autobiografía, o un testimonio o un libro de viajes; una no ficción en cualquier caso); nada más lejos de mi intención, claro, pero me resultaba imposible pensar mientras leía este formidable librito que quizá cualquier tentativa de explicar a Borges, de delimitar a Borges en 150 páginas, no sea más que algo nacido de la inocencia, que es la forma sutil de decir de la ignorancia; quizá a Borges, al que apenas su madre o Bioy Casares o las Ocampo conocieron plenamente, sólo podría haberlo explicado el mismo Borges, y al mismo tiempo me asalta otra duda: ¿no serán sus libros, su Fervor de Buenos Aires, sus Ficciones, su Libro de arena, sus Ensayos dantescos, todos ellos (sus Obras completas), un enorme libro sobre Borges, un libro de libros, un texto tendente a infinito gracias a cuya lectura atenta quizá podamos entender algo más de Borges, ese irónico anarquista conservador que tanto hizo por las letras castellanas (digamos españolas; digamos, mejor, en español, o digamos lo que mejor parezca a cada uno) del siglo pasado?
Me quedo con la frase de Pauls en la que dice que «no todo el mundo ha leído a Borges». Quizá ahí está la dificultad de Borges: que, en el tiempo del botón y el vídeo, de lo automático y lo predigerido, se nos exige prestemos atención. Una vez puestos, en realidad, no es tan difícil.

