Hay cuatro relatos en este libro, cuatro relatos como cuatro soles. Los cuatro son excelentes, pero hay uno en concreto que tiene una peculiaridad: es de una genialidad que pocas veces se ve en un texto escrito, brilla con luz propia, se sale del libro y te da un puñetazo en la mandíbula que te deja pensando en él todo el día, durante días, durante semanas. Su título: Los lectores de libros cada día son más falsos. En él, un estudiante se pregunta por el significado de los libros, de lo que pone en ellos, de lo que hablan sus personajes; va a la universidad, consigue un trabajo como vendedor de libros, acude a charlas de prestigiosos críticos y lee mucho, pero no consigue entender el significado de los libros. La disección terrible y desquiciada que hace Celati del mundo del libro y todo lo que lo rodea (los lectores, los vendedores, los profesores, los críticos) es de una genialidad tan brutal, tan cruda y tan real que uno no puede sino quedarse totalmente petrificado cuando, a medida que discurren las páginas del relato, este genio absoluto y feroz va surgiendo de las palabras, haciéndose con el control del que lee con una seguridad y una potencia tremendas. Una muestra; cuando el estudiante se mete a vendedor de libros a domicilio, descubre que su capacidad para vender es nula y su jefe le explica la filosofía del negocio de esta manera:
—Cuando un cliente compra, lo hace porque se siente incómodo, tímido, en situación de inferioridad, y solamente por eso. Pero si barrunta que el vendedor es también lector, se escama. Empieza a sospechar que además de comprar libros va a tener que leerlos, y a partir de ese momento desiste de comprar. ¡Y se convierte en un cliente perdido para toda la vida! (…) Escuchadme bien los dos y por última vez, porque no estoy dispuesto a perder más el tiempo. Lo que tenéis que hacer es preguntaros: ¿qué es un libro? Un libro es papel impreso para vender, antes de ser una cosa que se lee. Esto es lo concreto de la cosa en sí. (…) Si os fijáis bien, el cliente también opina lo mismo. También él desea solamente lo concreto de la cosa en sí, no las fantasías de las palabras. Pero sólo si os transformáis, y os hacéis como él, él podrá consideraros un semejante. Porque dejará de percibir el olor de las fantasías que llenan la cabeza de los lectores de libros.
Cuando pienso en cine, pienso siempre en qué directores hacen películas sólidas, películas de esas que ves y te hacen pensar en que estás viendo cine puro, cine hecho por alguien que sabe lo que es el cine y que hace cine porque es lo que sabe hacer; cine hecho como oficio, no como juego, no como picoteo artístico. Cuatro narraciones sobre las apariencias acaba siendo un libro hecho por alguien que escribe porque su oficio es escribir; Celati escribe con la rotundidad y la perfección del artesano que lleva haciendo durante decenios lo suyo, en este caso escribir. Un libro intachable que, además, linda con ese tipo de escritura extraordinaria de los que se han ganado merecidamente un puesto en los anales de la historia: Celati, comprobado queda, es uno de ellos.

