Cien cartas a un desconocido, de Roberto Calasso

Existe un cierto tipo de lector que gusta de leer textos sobre otros libros; un lector para el cual puede dar el mismo gusto leer La invención de Morel que el célebre prólogo o reseña que Borges le dedicó en su día. Calasso, desde su puesto de editor en Adelphi, tuvo que escribir (ya no tantos, como él mismo dice) numerosos textos para las solapas de los libros de su editorial. Dice Calasso que, aquel que va a una librería, al hojear la solapa de un libro «está abriendo —sin saberlo— un sobre: esas pocas líneas externas al texto del libro son, en efecto, una carta: una carta a un desconocido»; en este volumen se reúnen cien de esas cartas que Calasso escribió al lector, ese receptor que, si bien no conocido, dista mucho de ser un desconocido; digamos que es como esas personas a las que conocemos pero con las que nunca acabamos de tener confianza, que siempre nos dan respeto. Decía que existe un cierto tipo de lector que lee textos sobre otros textos con deleite; estoy entre esos lectores. Personalmente, me encantan los libros que tratan sobre otros libros; esas ficciones que nos hablan de escritores desgraciados por circunstancias de la vida y que nunca llegaron a ser conocidos, u otros que desarrollan obras extremas y por ello interesantes. Leer Cien cartas a un desconocido como un libro de relatos de ficción es una posibilidad; otra es leerlo como una guía de lectura; otra, como la solapa de un libro mucho más extenso, la literatura misma, quizá. Es un libro que se lee ligero porque de hecho lo es, quizá un poco más de lo que me hubiera gustado. Es, de todos modos, un buen libro: lectura agradable, enriquecedora y llena de esos momentos esenciales y maravillosos en que sentimos la imperiosa necesidad de apuntar un nuevo título a nuestra lista de futuras lecturas. Calasso, en este sentido, da en el clavo la mayoría de las veces.

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