Barcelona: gentes y costumbres (VI)

Cuando llegué a Barcelona, fnac y la Casa del Libro eran dos sitios donde iba sorprendentemente a menudo: en una gran ciudad y con dinero en la cartera, por fin pude comprar muchos de los libros que siempre había querido pero que me estaban vetados o a los que sólo podía acceder comprándolos por Internet. Pero cuando me compré todos esos libros que ya tenía en mente, mis visitas a esas dos librerías fueron perdiendo todo su sentido: descubrí que sin un objetivo claro no era interesante ni estimulante explorar sus estanterías, compuestas en aproximadamente un 70% de las peores bazofias del panorama cultural mundial.

Entonces, el otro día estaba en La Central de la calle Mallorca y vi un volumen llamado Todo Marlowe, que recopila todas las novelas de Raymond Chandler protagonizadas por Philip Marlowe; como costaba 35 euros decidí no comprarlo. A los veinte minutos de irme de la tienda me estaba arrepintiendo infinitamente por no haberlo comprado, a pesar de que sólo tres de las novelas incluidas no están ya en mi biblioteca: tan bien pintaba el asunto. Así que fui a la librería Bertrand a por el volumen, convencido de que lo tendrían.

Fundada en 1732 por los libreros franceses Fraure Legedron y Martinho Bertrand, es de esperar que cuando la actividad de la tienda tenía lugar exclusivamente en el barrio de Chiado, Lisboa, los empleados tuvieran un poco más de idea de lo que vendían. En 2009, cuando fui a Bertrand hace apenas una semana, la señorita que me atendió podría haber hecho lo mismo en Zara, o en una frutería o en una tienda de prótesis, y hacerlo además con la misma efectividad: ninguna.

Esto me hace pensar en Luz y Vida, librería burgalesa pequeña pero matona a la que solía acudir con asiduidad cuando vivía allí. No es que mi mente sea especialmente audaz o rápida: es que de hecho el primer sitio al que fui a preguntar por ese libro después de a Bertrand fue a Luz y Vida, a pesar de que fnac estaba a 10 minutos y Burgos está a 10 horas de viaje en tren: así me las gasto yo. La cuestión es que en Bertrand me atendió una empleada de entre 23 y 26 años, no guapa pero tampoco horrible, con unas gafas que le daban cierto especto de bookworm muy apropiado para el puesto que desempeñaba. Al preguntarle por el libro, ni siquiera le sonaba: buscó en la base de datos y ni siquiera logró encontrarlo allí. Cuando vio que no iba a poder ayudarme en nada, me mandó un poco como quien no quiere la cosa a la sección de literatura policíaca y me dijo que igual allí había algo parecido a lo que yo buscaba; algo que chocó mucho con la idea de «espacios amplios y cómodos gestionados por libreros y expertos en literatura» que me habían vendido en su página web (especialmente por lo segundo: los espacios realmente me parecen amplios y cómodos).

2803671616Aun sabiendo que seguramente podría encontrarlo sin problemas en fnac (lo edita RBA, así que la distribución no puede ser marginal o insuficiente geográficamente), decidí chuparme mis horitas de tren, mucho más cómodo que el infame autobús, y visitar Burgos en busca del libro de Chandler. (Realmente fui por otros asuntos, pero resulta dramático pintarlo de esta forma.) En la librería Luz y Vida, que como ya he dicho es pequeña pero tiene un catálogo más que digno, pregunté por el mismo libro: no tuvieron, lógicamente, que buscar en ninguna base de datos, y pronto el librero (porque allí hay, efectivamente, libreros, y no estudiantes de pedagogía o educación social que necesitan sacarse unos euros extra) me explicó lo que pasaba: a pesar de estar editado por RBA y, por tanto, haber tenido una distribución eficaz y amplia, el número de ejemplares había sido insuficiente y se habían terminado todos extraordinariamente rápido. Él mismo se había interesado por el libro y lo había pedido, pero no había respuesta positiva por parte de RBA; de momento, lo único cierto era que la lista de personas que tenían reservado el libro para cuando llegaran más copias era ya grande, e iba en aumento.

Salí pensando en esta diferencia que hay entre tratar con un empleado con implicación cero en lo que hace y un librero, una persona que vende libros con una pasión parecida a la de los escritores cuando escriben esas novelas, poemarios, ensayos o teatro; qué diferencia hay entre el chaval con un piercing en la nariz y una cresta en la cabeza y el señor que conoce lo que vende, y que sabe contagiarte su gusto por los libros. Al final no me compré Todo Marlowe, y de aquí arrancamos una pequeña enseñanza: que de todos los libros se aprende algo, hasta de los que no se han leído.

Hasta aquí la sexta parte de Barcelona: gentes y costumbres.

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