Visitar el mercat dels Encants o el de Sant Antoni es una experiencia altamente satisfactoria cuando, como yo, llegas a Barcelona después de toda la vida viviendo en una ciudad pequeña; revolver entre montones de libros, hojear toneladas de tebeos y hacerse con una colección apañada de vinilos buscando semana tras semana en los puestos de Sant Antoni, por ejemplo, bien merece el esfuerzo de levantarse el domingo por la mañana y cruzar dando tumbos la ciudad como un zombie retrasado mental. Y como en todos los rincones de esta ciudad de tarados, en los mercadillos también encontramos personas dignas de reseña y nota: los coleccionistas de pornografía.
Resulta bastante chocante ver la cantidad de pornografía que se vende, más aún teniendo en cuenta que a veinte metros hay padres con sus hijos cambiando cromos. Pero lo que en principio estimé como una liquidación de stock para videoclubs en horas bajas, pronto cambió a un vivo mercado en el que se compra, se vende, se busca pornografía, impresa, en VHS o en DVD; fabuloso ver, como me ocurrió en Els Encants, a una adorable pareja de viejecitos con un cargamento impresionante de porno a la venta, y más gente de la que jamás pude imaginar revolviendo para encontrar la película que buscan.
No son estos coleccionistas de pornografía los desaliñados solteros de mente perturbada que uno pudiera pintar al leer sobre ellos, sino que su perfil es más el del ejecutivo solitario, que compra pornografía mientras atiende a sus e-mails desde un iPhone. Hoy mismo, mientras paseaba por el mercat de Sant Antoni con unos cuantos vinilos recién comprados, estando yo más contento que unas castañuelas me paré a echar un vistazo a un puesto de libros viejos y reparé en un hombre que, muy peripuesto, echaba un vistazo a la amplia selección de deuvedés pornográficos que ofrecía el puesto de al lado. Cuál fue mi sorpresa cuando echó mano a su mariconera, la abrió y comenzó a mirar las películas que en ella había, unas quince o veinte, comprobando quizá cuál le faltaba o de qué géneros tenía más material, para hacer una compra variada. Quién sabe qué criterios de selección, qué intrincados procesos mentales siguen estos aficionados al sexo ajeno a la hora de rebuscar por los puestos de porno que hay en los mercadillos barceloneses, que no son precisamente pocos.

Hasta aquí la cuarta parte de Barcelona: gentes y costumbres.

One Comment
AY me hace mucha gracia la última foto.