Barcelona: gentes y costumbres (I)

Hay un señor que pasea a menudo por Portal de l’Àngel, Carrer dels Arcs, Plaça Nova y aledaños que me resulta verdaderamente fascinante. A menudo le veo y siempre está hablando solo, soltando larguísimos monólogos que interesan como todas las cosas hechas para no interesar; habla de España, del catolicismo, del gobierno, pero también del catálogo de este mes de H&M o de la juventud, divino tesoro, y cómo la malgastamos los que deberíamos desvivirnos para aprovecharla al máximo. Impagable caminar hacia Fnac y de pronto verle, con su visera y su camiseta descolorida y su barba blanca, tan Hemingway él, hablando y hablando sin parar a nadie en concreto, sino a todo el mundo; es su forma de no volverse loco. ¿Tienes algo en la cabeza? Suéltalo. La gente que se calla todo acaba volviéndose loca y él lo sabe. Por ejemplo, el otro día iba diciendo: «Yo mucho viva España, pero luego, ¡hostias me dan!», sin perder la calma y sin enfurecerse, sólo exponiendo lo que en verdad ocurre. O también, hace ya un tiempo: «Yo soy católico, claro que soy católico; llevo toda la vida siendo católico, ¿cómo me voy a cambiar ahora?». Brillante. Impagable verle pasear con el H&M Magazine en la mano mientras los turistas le miran desde sus despreciables asientos de los restaurantes en la Avinguda de la Catedral, como si estar siendo estafados comiendo en un sitio demasiado caro bajo todos los puntos de vista les diera el privilegio del descaro, como si en su botella de agua mineral de a 3 euros y medio hubiera alguna solución mágica que les hiciera invisibles. Es interesante pensar en quién está más loco en este cuadro que acabo de formar: si el Hemingway de la Catedral de Barcelona o los turistas que gastan dinero en mierda.

Hasta aquí la primera parte de Barcelona: gentes y costumbres.

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One Comment

  1. Mr. Tamura
    Posted 16/09/2009 at 1:18 pm | Permalink

    «Yo mucho viva España, pero luego, ¡hostias me dan!» es tan gracioso y trágico a la vez que NO SÉ CÓMO SENTIRME.

    Algún día te hablaré del Pistolero de Cartagena o del Playero Turboremix, esos señores megaestupendos que también vagan por las calles de mi ciudad haciendo locuras.

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