Día 1
Recientemente, con la mudanza y el cambio de ciudad y toda la hostia, he tenido que enfrentarme al terrible trance que supone llamar a Ono para que me instalaran el maldito Internet en el nuevo piso. A esta operación ellos la llaman traslado, y a pesar de que podrían hacértela gratis y no perder nada, y ganar así mi confianza y mi afecto y mi verbigracia a la hora de recomendar a todo el mundo que contrate sus poderosos, fiables y agradabilísimos servicios, ellos insisten en cobrar 25 euros que me podrían servir lo mismo para comprar cinco copas en una discoteca de mi ciudad natal o tres en una de mi actual ciudad o una en un puticlub random; la cuestión es que los putos te clavan esos euros y yo dije que vale, que bien, pero que lo hicieran rápido o me iba a enfadar, que lo necesitaba de urgencia, que por Dios, que tengo una familia que alimentar.
Eso fue el día 1.
Día 14
Yo llevaba dos semanas yendo a cafeterías, teterías, güisquerías e incluso mueblerías si la situación lo requería (soy un hombre de acción y no me arrugo ante las adversidades) para conseguir conexión a la red de redes y cumplir con mis heroicas labores cibernéticas. Podría decir: «ya casi había olvidado que los de Ono tenían que venir a instalarme Internet a casa»; podría decir eso, pero mentiría como un caradura porque lo recordaba tan bien que me dolía en el corazón. Así que tras dos semanas la cosa empezó a mosquearme.
Un señor de Telefónica vino a casa y comprobó que todo estaba bien, pero de eso hacía ya una semana y el Internet no aparecía; tenía ciertas esperanzas de levantarme una mañana y ver que el Hada de la Red de Redes había plantado un módem en el suelo de mi casa, y que con un par de días regándolo bien con esa solución mágica formada por 500 mililitros de agua, dos cucharadas soperas de amor y una pizca de esperanza todo iría bien y podría conectarme a Internet sin tener que irme de mi puta casa. Por desgracia, desde Ono decidieron que me venía bien dar paseos por la zona para buscar cafeterías con güifi gratis y así de paso conocer un poco mejor la zona, y mi Internet no aparecía. Lo del señor de Telefónica fue un jueves, y ya era viernes, pero de la semana siguiente: el fatídico día 14. Llamé a Ono. En ese momento me convertí en un psicópata.

Después de superar ese molesto pero no demasiado escollo de indicarle a un robot sobre qué queremos hablar cuando por fin contactemos con un ser humano, el (¡sorpresa!) latinoamericano que estaba al otro lado de la línea me saludó muy amablemente y yo, también amablemente, le expliqué lo que sucedía. Le dije que llevaba dos malditas semanas esperando a que alguien se presenciara en mi casa para experimentar en mis carnes el milagro del siglo XXI, pero que por Dios sabe qué motivos la espera había sido en balde; le expliqué que el señor de Telefónica ya había ido hace una semana y que me aseguró que al día siguiente tendría Internet; le expliqué que estaba un poco hasta la punta de la polla de esperar y esperar. Después de que yo le hablara de mis problemas, él pasó a explicarme los suyos: que él no podía hacer nada, que era raro que el técnico no hubiera ido, que pondría una reclamación a mi nombre para que el proceso se agilizara. Acepté resignado la noticia de que no había nada que hacer y me agarré al fatal destino de saberme impotente, pero de todos modos le pregunté que cuándo, CUÁNDO SEÑOR MÍO iba a venir alguien aunque fuera a darme los buenos días. Me dijo que máximo cinco días, y tras un «¿puedo ayudarle en algo más?» que me pareció inútil por rutinario, colgué pensando: ¿ayudarme en algo más? ¿Acaso me has ayudado en algo, maldito?
Eso fue el día 14.
Día 23
Después de la segunda semana sin Internet, me había resignado a pasar el día sentado en el suelo, bebiendo cerveza barata y fumando colillas que recolectaba de la calle: las guardaba en una bolsa del Carrefour Express y al llegar a casa las fumaba una a una, las dejaba caer sobre mis ropas raídas, las tiraba en las esquinas, las tiraba en la olla en la que estaba preparando sopas de sobre, me las apagaba en la poblada barba que lucía por la pura desidia de la vida primitiva. En realidad, mi nivel de vida se mantenía en unos estándares más que aceptables, y por muy caras que fueran las ropas que vistiera no podía evitar pensar en mí mismo como en un indigente terrible por no tener Internet en casa.
Los cinco días del latinoamericano de Ono habían pasado, y había pasado otro y otro y otro, y yo había pasado todos esos días extra llamando a Ono y exigiendo que me dieran una puta explicación para ese desaguisado. La verdad es que me acabó gustando llamar, lo hacía por rutina y gritar a un pobre telefonista me relajaba en cierto modo. Ellos no paraban de decir cosas como: en cuanto cuelgue recibirá una llamada del técnico para concertar una cita; o: vamos a proceder a poner otra reclamación, pero nada de eso servía y eran todo camelos, mentiras pergeñadas para que yo me sintiera mejor y que al final, tras tres semanas de completa incertidumbre, me llevaron al punto de pedirle al señor del otro lado del teléfono que me pusiera con alguien que pudiera tramitar mi baja de Ono: la decisión era firme: a tomar por culo, hombre.
Así que en el departamento de bajas fui tajante: no había vuelta atrás, Ono, I love you, but you’re bringing me down. Le expliqué a la señorita que llevaba dos años con su compañía pero que lo que me estaban haciendo no era normal, que el retraso era ultrajante y que especifiqué el primer día que era urgente; no me habría importado que la señorita que tramitó el traslado me hubiera dicho que no se podía hacer de urgencia, que iba a tardar lo mismo que le tarda al resto de pringados que no necesitan nada de urgencia: lo que me molestaba realmente era que me juraran y perjuraran que mi caso era de urgencia y que al final llevara tres semanas esperando como un perrillo hambriento a que algún tarado viniera a instalarme Internet como Jim Carrey en Un loco a domicilio. Así que, como decía, fui tajante: me quería dar de baja one way or another.
Los tejemanejes de la batalla verbal que a continuación se disputó me los ahorraré, pero el resultado fue: casi una hora de hablar por teléfono, los 25 euros del traslado ahorrados, router Wi-Fi gratis, mitad de precio durante seis meses. A los cinco minutos de colgar el teléfono, un hombre llamó y me dijo que era el técnico, que cuándo se pasaba a instalar Internet. Al día siguiente, 9 de la mañana justitas, vino a casa y lo instaló sin problemas, todo funcionando en quince minutos. Y ahora, hoy mismo, miro mi cuenta corriente y veo que no sólo no han aplicado esa oferta que tan jugosa parecía en un principio, sino que me han cobrado dos veces, dos importes distintos, para más inri, cosa que me deja desencajado y patidifuso.
El lunes devolveré las dos facturas y llamaré a Ono. Antes dije que me había convertido en un psicópata, y no mentía: quiero llamar a Ono. Quiero que me pasen con el departamento de facturación, pero antes quiero hablar un poco con atención al cliente; quiero gritar, quiero enfadarme, quiero desfogarme con el pobre fulano que atienda mi llamada. Soy un bastardo. Posiblemente busque algún servicio de atención al cliente más, para cuando me aburra. Quizá llame a alguno al azar. El «¿puedo ayudarle en algo más?» ahora tiene sentido: me vas a ayudar a animarme por las mañanas, a quitarme el cabreo por madrugar, alzar la voz me ayuda a digerir el café. Lo siento por tu trabajo, no me gustaría estar en tu pellejo.

2 Comments
¡Por fin has habilitado comentarios!
Gran entrada, me río mucho con tu blog, ese vestido te queda genial y TKM.
Tus lectores habituales ardemos en deseos de conocer la conclusión de tan azarosa epopeya.
One Trackback
[...] estás acostumbrado a que te pregunten ¿puedo ayudarle en algo más? después de mil putas llamadas pidiendo cosas, resulta sorprenderte que te llamen para que pidas. [...]