Cuando estás acostumbrado a que te pregunten ¿puedo ayudarle en algo más? después de mil putas llamadas pidiendo cosas, resulta sorprenderte que te llamen para que pidas. Sorprende porque parece imposible que algo así ocurra, pero es precisamente lo que me ocurrió ayer cuando, después de devolver tres facturas en una semana (tres facturas que ni siquiera se correspondían con lo que, teóricamente, pago por los servicios contratados), las buenas gentes de Ono me llamaron para preguntar qué coño pasaba.

Una simpática chica me llamó del departamento de cobros. Me explicó que había una factura que mi banco había devuelto, y yo le dije que tranquilidad, porque pronto llegarían otras dos. Cuando le dije que me cobraron mucho más de lo que teóricamente me correspondía, ella consultó el ordenador y me dijo que me habían cobrado el traslado de domicilio y tres euros de mantenimiento del módem. Me cito a mí mismo: «casi una hora de hablar por teléfono, los 25 euros del traslado ahorrados, router Wi-Fi gratis, mitad de precio durante seis meses»; ese fue el resultado de mi anterior batalla con Ono, pero por lo visto ni me ahorro el traslado, ni el router Wi-Fi me sale gratis, ni ese 50% menos ni Dios que lo fundó. Como soy un canalla y mi retórica es insoportablemente irónica, la chica vio claro que no iba a conseguir nada de mí y me avisó amablemente de que me pasaba con el departamento de facturación (porque, ¡ojo!, cobros sólo puede dar información, nada de ayudarte) y que allí me rompiera los cuernos como buenamente quisiera.
Ahora viene la parte tediosa: empezó a sonar la música de Ono, una música agradable pero que de puro repetírseme en el oído he aprendido a odiar con una furia inimaginable. Después de cinco minutos de un loop de guitarra de 10 segundos una y otra y otra vez, la chica de antes volvió al aparato para decirme que había problemas y que el desvío de la llamada estaba tardando más de lo habitual. Lo acepté y decidí mantenerme a la espera. Otros cinco minutos de guitarra y vuelve la chica: me pide paciencia y le pregunto si no podría llamarme directamente el departamento de facturación para no tenerme esperando como un tonto del culo, y me dijo que colgar en ese momento supondría la pérdida de «todo lo que hemos hecho hasta ahora», palabras textuales, aunque yo sentía que no había hecho absolutamente nada. Decidí mantenerme a la espera. Cinco minutos más de puta guitarra y pensé en quién rayos habrá compuesto esa música, cómo será su cara y qué mensaje satánico contendrá si se reproduce al revés.
Finalmente, la chica vuelve y me agradece que me haya mantenido a la espera, seguramente sabiendo ella misma que lo que estaban haciendo era indigno para mí y sintiendo vergüenza pura por trabajar en una casa de putas como aquella. Le pregunto cómo demonios puedo contactar con ese departamento infernal que tan reticente es a atenderme y me dice que tendría que llamar a atención al cliente, lo que me hizo sentir un escalofrío y decidir esperar más, enfrentándome a la maldita guitarra por enésima vez. Después de otros cinco minutos de música corporativa, una voz nueva al otro lado del teléfono: por fin el teléfono lo había atendido otra mujer. Me dice que una compañera la ha informado de que tengo problemas con una factura, y yo le digo que así es; cuál es mi sorpresa cuando ella empieza a repetir la misma información como un loro, justo lo mismo que la otra chica me había dicho. Cuando le dije que eso ya lo sabía, porque era lo mismo que me había dicho su compañera, se desarrolló la siguiente conversación, digna del teatro del absurdo más rocambolesco:
—Entonces, ¿quiere poner una reclamación? —dice ella.
—Realmente no —respondo, sabiendo que las reclamaciones son, en las oficinas de Ono, sinónimo de apuntar un número totalmente inservible para que luego no sirva para absolutamente nada.
—Bueno, entonces, ¿cuál es su solicitud?
—No tengo ninguna solicitud —le digo, totalmente confuso—. Me habéis llamado vosotros.
—Ah, ¿le hemos llamado nosotros?
—Sí.
—Ah, bueno… entonces hasta luego.
—Hasta luego.
Y colgué. Media hora de aguantar la puta guitarra y al final me dice que si quiero algo. Tócate los cojones. Para colmo, por lo visto tengo una deuda con Ono porque, en las facturas que devolví, estaba incluido el pago de los servicios desde el día en que me lo instalaron hasta el día en que comenzó el periodo de facturación siguiente. Ahora soy un fugitivo de Ono.


2 Comments
A este paso podrás escribir un libro sobre tus aventuras con Ono y la pasión entre la simpática chica avergonzada de Cobros y tú. Y lo compraré.
Yo he dejado sin pagar una factura de La Naranja y ahora mi nombre aparece en la RAI, la ASNEF, la EQUIFAX y la lista de Jacob. Siendo un forajido huido de la justicia entran ganas de mear desde la terraza. Aviso