El community manager que salvó a la prensa especializada

Cuando escribes en un medio especializado (yo lo hago, desde hace ya unos cuantos años, en AnaitGames) resulta duro tener que dedicarte a todo un poco. En mi caso, además de escribir noticias diariamente, analizar varios juegos por semana y gestionar un poco la comunidad, tengo que editar, por suerte con ayuda de mis compañeros (magníficos profesionales), textos de otros; por si fuera poco, no me dedico en exclusiva a AnaitGames: tengo, vayamos al grano, mucho trabajo a lo largo del día, y si ya voy muchas veces pillado de tiempo haciendo lo que tengo que hacer e incluso menos, creo que es razonable que no esté demasiado dispuesto a, además, ser product manager de todo lo que llega a las tiendas.

Yo, como periodista especializado en videojuegos, no tengo por qué solucionar las dudas de la comunidad sobre los productos de los que hablo; puedo hacerlo, pero no es lo que tengo que hacer. Para una distribuidora, lógicamente es nefasto que en un foro, o en los comentarios de una noticia, los usuarios empiecen a despotricar, pero no es mi trabajo calmar a nadie. Tampoco tengo por qué saber si en el juego se podrán llevar dos o tres o cuatro armas al mismo tiempo, si habrá granadas de plasma y se podrán combinar con granadas normales o si en tal modo multijugador se podrá jugar con un personaje u otro; todas esas cosas pueden saberse, y entonces la prensa las sabrá (o no; por mucho que lo parezca, el deber de la prensa no es saber absolutamente todo sobre algo) y podrá, si así lo desea, decírselo a los usuarios que lo pregunten en sus comunidades. Pero no es nuestro trabajo y agota, agobia y al final cansa un poco. Es por ello que los community managers1 pueden ser un complemento perfecto para la prensa, en este caso, de videojuegos.

Si quieres una comunidad online contenta, bien informada (o informada como quieres, que al final es lo que viene a significar bien informada), no desconcertada y dispuesta a elegir tus productos sobre los de la competencia, lo primero es tener a alguien dentro de las comunidades, dinamizándolas y dándoles las respuestas que necesitan. Una comunidad en la que se resuelven dudas, se realizan promociones especiales, se ofrecen incentivos, etc., es una comunidad contenta: esa es la gente que va a querer comprar tu juego, la que ve que detrás de la compañía hay gente real que ve al consumidor como gente real y no como números que se traducen en billetes. La industria del videojuego, y en general todas, debería invertir en ese sentido: contratar community managers profesionales, bien formados, que se tomen el mantenimiento de la comunidad como un trabajo. El producto ha llegado a un medio nuevo, las comunidades online, y es de recibo que sea gestionado de forma adecuada por gente que sepa de ese medio. De esta forma, la relación entre profesionales y usuarios mejoraría y a los periodistas, que ya tenemos suficiente con lo que tenemos, nos quitarían un peso de encima, quizá el que necesita la prensa especializada para echar el vuelo y dejar de ser, como lleva ocurriendo desde hace tanto tiempo, una gigantesca y mediocre sucesión de publirreportajes.

  1. Persona encargada de crear, gestionar y dinamizar una comunidad en medios online. En contra de la creencia popular, los community managers no deberían ser chavales de 16 años con mucho tiempo libre, sino que saber juntar palabras con cierta gracia y tener al menos unas bases de marketing decentes hacen mucho, mucho por el éxito de su trabajo. También es oportuno que sepa de lo que habla. []
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Siete años de SEGArcadia

SEGArcadia, un blog dedicado a SEGA que es estupendo, ha organizado un concurso en el que tiran la casa por la ventana y sortean MILLONES de regalos, entre ellos un montón de camisetas chulas que me gustaría tener en mi fondo de armario. Además de por ser condición imprescindible para optar al premio (Y SABE DIOS QUE LO QUIERO), resalto tres artículos por su inestimable valor histórico: el Especial House of the Dead, el dedicado a Yuko Ogura, ex-idol de SEGA, y el espectacular artículo sobre la evolución de Sonic, un seguimiento con lupa a todos y cada uno de los pasos del erizo azul digno de Philip Marlowe.

Le paso el testigo, por último, a Topofarmer, a Álvaro, de Save the Geek, a Worvast, a Javier, de Warclimb, y a Kalimero, que apenas habla de jueguicos pero cuando lo hace lo hace de corazón. Como apunte final, además de que SEGA es la única compañía que ha podido distribuir un juego que es juego del año dos años (2009 y 2010 son los años de Bayonetta, y quién sabe si 2011), decir que en SEGArcadia escriben SEGA en mayúsculas casi siempre y ya sólo por eso deberían caeros bien.

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Pobre Saramago

Por si no era suficiente con leer a Libertad Digital diciendo que Saramago «logró notoriedad tanto por su obra literaria como por su constante presencia en los actos de la izquierda más sectaria», que era «el típico intelectual de la izquierda europea: desde su lujosa residencia de Lanzarote, en el que disfrutaba de todos las comodidades del capitalismo, escribía soflamas contra Occidente», entre otras lindezas, en uno de los artículos menos sensibles y más representativos de la rematada estupidez que vive en esa web (esperemos que no en todos sus lectores, porque si no vamos bien); por si eso no era suficiente, decía, dos ejemplos más de periodismo frenopático:

1) Cuatro líneas y un copiapega; eso es lo que podemos encontrar en Público, que con (supongo) vistas a que Google les traiga mucho tráfico han publicado una lista sacada de Wikipedia en la que podemos conocer la obra de Saramago. Muy instructivo; tanto como dura tiene la cara el responsable del artículo.

2) Y en El Mundo sabían que Saramago iba a morir en algún momento; teniendo en cuenta esta condición de mortal que el escritor portugués tenía, compartida con todo el resto de la humanidad, prepararon un pequeño especial con unos cuantos textos que, ahora, van actualizando con los escritos que van surgiendo sobre el tristemente fallecido Saramago. Irónicamente, algún Pereira (el protagonista lisboeta de Sostiene Pereira, del escritor italiano, aunque profundamente portugués, Antonio Tabucchi) tuvo que escribir este obituario el año pasado, cuando Saramago todavía estaba entre nosotros, y las buenas gentes de El Mundo lo subieron a la red tal y como lo tenían. Atención a la siguiente imagen:

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que el 1 del año 2010 está recortado y pegado; no cuesta tanto hacer una cabecera nueva, aunque se hayan perdido los archivos originales de Photoshop o el diseñador gráfico esté de vacaciones. Todo antes que hacer esta chapuza. Por si a alguien le quedan dudas de que esto sea verdad, ayer a las dos y media del mediodía en la web del especial podíamos ver (hoy ya no; lo han cambiado, era demasiado grotesco, supongo), en el footer de la sección, un copyright en el que figuraba el año 2009, cuando hicieron originalmente la sección, cuando predijeron la muerte; este Pereira no tuvo demasiado buen ojo, y Saramago aguantó un año más.

No oculto el enfado que me producen los periódicos cuando toman decisiones estúpidas con tal de sacar unos euros más; porque, no nos engañemos, ese es su rollo, eso es lo que hacen. Comprendo que si un atentado suicida se produce, los periódicos tengan que informar del suceso con la máxima rapidez, y en esos casos son comprensibles y muy perdonables las erratas, los pequeños fallos o las imprecisiones. Pero no hay nada que fije más a alguien fuera del espacio y del tiempo, no hay nada que haga que alguien esté más en la trascendencia o la eternidad, en lugar de entre los hombres (lugar del tiempo y el espacio), que la muerte. Ya no hay ninguna prisa cuando estamos muertos, y a pesar de ello cometen el error de jugar con nuestras normas, las normas que nos obligan a ser rápidos para estar más arriba en Google o para conseguir más enlaces o para viralizar nuestra información; y luego pasa lo que pasa, y salen los tiros por la culata: he detectado dos que han dado justo entre los ojos, pero seguro que hay más ahí fuera. Como lectores, no deberíamos permitir que este tipo de periodismo quedara impune. Pero en fin: seguro que esto ya no lo lee nadie, porque Saramago murió ayer; ya es cosa del pasado, ese país de los muertos que tan poco nos gusta visitar.

Allí nos encontraremos algún día con José Saramago, que descanse en paz.

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¿A qué vienen las modelos, gordas?

Dice (dijo, fue hace ya un tiempo) Ana Boyero en su blog Raza Becaria que las modelos gordas, tienen dos efectos en las espectadoras de esta publicidad XXL: por un lado, «si estás menos gorda que ellas, te sientes reconfortada», y, por otro, «si tienes su aspecto, sientes que no eres un desecho social, que tú también puedes ser bella». Dejando de lado lo admirable que me parece que Boyero utilice la palabra cruda, gorda, en lugar de irse por los desagradables derroteros del eufemismo, sí que he creído conveniente hacer un apunte que a Ana, quizá por no ser tan conspiranoica como yo, parece habérsele escapado: la mercadotecnia no es la ciencia de hacernos felices, sino el «conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio», y cuando se meten gordas en los anuncios (decisión proveniente de estudios de mercado y demás tejemanejes mercadotécnicos) no quieren decir a este sector de la población que ellas también pueden ser bellas, sino que ellas también puede comprar.

Lipovetsky habla de pluriequipamiento en el ámbito familiar: cuando el porcentaje de casas que tiene una televisión, un teléfono, un ordenador, etc. es suficientemente alto, las únicas formas de seguir vendiendo son a) renovar el catálogo cada vez más rápido y b) llevar al consumidor hacia el consumido individualista. Los teléfonos son un buen ejemplo de esto: de tener un teléfono para toda la familia se pasó a tener uno en cada habitación, y de ahí, con los teléfonos móviles, a tener, además, uno (o varios) por persona. Con esta maniobra se incluye a la madre y a los hijos en el punto de mira.

Así, cuando las marcas se dan cuenta de que ya tienen a las flacas en el saco, sólo les quedan dos vías de acción: conseguir que las gordas adelgacen o empezar a vender también para ellas. Y atención al verbo vender: en cierto momento de la historia reciente, las tornas cambiaron y ya no eran los tenderos quienes nos vendían cosas, sino que éramos nosotros los que las comprábamos; al menos esa era la impresión que tiene que darnos para no sentirnos manipulados. Este cambio, este relativo ponerse encima que ejecuta el consumidor, parece irrelevante pero de hecho es crucial: somos nosotros los que compramos, no son ellos los que consiguen vendernos sus cosas. Es ahora, cuando las gordas aparecen en la publicidad, cuando llegan al punto al que las delgadas llegaron hace ya un tiempo: el punto en el que deciden que ellas van a comprar, y sí, al final es para sentirse bellas, integradas, aceptadas, para descargar tensiones o porque algo dentro de su cabeza se lo ordena; pero es porque antes la mercadotecnia las ha metido en la lista de aceptadas para comprar. La mercadotecnia ahora hace lo mismo con las gordas: colocándolas en la publicidad, las informa de un modo muy sutil de que ahora pueden entrar en el proceso de compra, ya están integradas; ya no son un «desecho social», ya son «bellas», ya pueden comprar. En última instancia, el sector que más se beneficia de esto es el de la gente que entra en la media: las ni muy flacas ni muy gordas están en ese paraíso que proporciona el pensar que si esas, que están tan flacas o tan gordas, pueden comprar, qué no van a poder hacer ellas que tan bien proporcionadas están.

Es entonces cuando hay que reformular la pregunta. Lo más apropiado no sería «¿A qué vienen las modelos gordas?», sino segmentar el público al que va dirigida: ¿A qué vienen las modelos, gordas? Veo clara la respuesta: a que compréis.

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Dioptrías

Lleva ya unos días rondando por Internet, pero el hecho es que Dioptrías, ese blog «dedicado a la teoría, ensayo y divulgación de los procesos de creación y crítica artísticos y literarios» con el que siempre habíais soñado, está operativo y llenándose del infinito contenido que las mentes de sus autores, Miguel Ángel Serna, Carlos Cerdeña (dos grandes) y, en infinita menor medida, yo, son capaces de ofrecer a esa perra flaca y sedienta que es la blogosfera. De momento ya hay unos cuantos textos de muy recomendable lectura, así que echadle un vistazo. Su condición de totalmente non-profit no hace sino engrandecer su gloria, que seguramente sobreviva a sus autores y se grabe a fuego en las tiritantes páginas de la Historia Contemporánea.

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¿Por qué es genial el final de Red Dead Redemption?

Hay un pequeño juego de vaqueros que quizá os suene si estáis enterados de que existe algo llamado videojuegos que está acabando con nuestra juventud. Se llama Red Dead Redemption: la versión corta de su descripción podría ser que es un GTA del oeste, pero en realidad hay muchísimo más que decir sobre este nuevo juego de Rockstar San Diego. Aunque se veía venir que iba a ser uno de los grandes lanzamientos de este año, el resultado final ha ido mucho más allá de lo que me esperaba: es uno de los juegos narrativamente más potentes que he podido jugar en años. En este texto intentaré desgranar por qué el juego me parece una auténtica genialidad, y sobre todo por qué su final es una de las cosas mejor hechas en la industria del videojuego desde que los jueguicos fueron inventados, no hace tanto tiempo. Lógicamente hay spoilers por todos los sitios.

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VICE, ahora un 10 % más nuclear

Deberíais estar al sopesquete a lo largo de este mes, y si veis esta portada no dudéis en coger la revista: es gratis. Además de una entrevista a los Venereans, un reportaje sobre iglesias sexuales orientales y los célebres Dos y Don’ts, en el número de este mes hay tres resplandecientes páginas de videojuegos que llevan mi firma. ¿No sabes lo que opinar sobre, por ejemplo, Heavy Rain, uno de los juegos reseñados este mes? Lee mi opinión y adscríbete a ella, seguramente notes que te invitan a más fiestas. El mes que viene, más; de momento, echadle el guante a este número.

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Barcelona: gentes y costumbres (VII)

El otro día (el Día del Scout, y además el Día Internacional del Libro; el día de Sant Jordi) estuve repartiendo globos por Barcelona. Teníamos cientos de globos que debían ser repartidos, era una visión realmente espeluznante: a medio camino entre la inocencia del globo (infancia, felicidad) y la despiadada frialdad del marketing, las sensaciones que provocaban en uno aquellos inofensivos globos eran contradictorias. Supongo que nadie más se dio cuenta, porque muchos aceptaron nuestros globos sin pensárselo dos veces; hubo gente que volvió a casa un poco más feliz, otra que consiguió un pequeño detalle que dar a sus hijos. Sin embargo, también me topé con gente que no quería globos, es más: me topé con gente que no comprendía el sentido de todo el asunto. Una señora, muy ofendida cuando le ofrecí un globo, miró hacia otro lado y dijo:

—¿¡Y para qué quiero yo un globo?!

Y lo dijo mirando hacia otro lado por pura maldad, por puro desprecio, queriendo entregarme el mensaje pero negándome una mirada, pasando de largo y dejándome en medio de la calle con el brazo extendido y coronado con un globo; ella quería hacer una maldad, simplemente, quizá porque la vida no le ha tratado como ella querría, y consideró que dejarme de esa manera en medio de la acera era una maldad satisfactoria. Posiblemente llevara una rosa (tradicional regalar una rosa a las mujeres, y un libro a los hombres; las connotaciones de esto me resultan graciosas), quizá un regalo de su marido o quizá un regalo propio, quién sabe. ¿Y para qué quiere ella una rosa1? En cualquier caso, me quedo con lo positivo: la chica que iba cabizbaja y que comenzó a sonreír cuando le regalé un globo, la pareja que iba con su bebé y que aceptó el regalo con auténtica felicidad, la anciana que quedó gratísimamente sorprendida por lo bonito que era el globo.

Al final de la mañana, cuando cobré (porque repartir globos está muy bien pero tampoco vamos a hacerlo gratis, muchachos, no nos confundamos) quedé satisfecho. De algún modo creo que aquella mañana encontré mi vocación, aunque dudo mucho que repartir globos sea una salida profesional competente. Seguiremos buscando.

Hasta aquí la séptima parte de Barcelona: gentes y costumbres.

  1. Eso: ¿para qué la quieres, hija de puta? Notas a pie de página que insultan: nuevas tendencias editoriales. []
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